La generación de millennials está apadrinando iniciativas sociales y empresariales basadas en la creación de comunidades que comparten intereses. Primero llegó la economía colaborativa (Airbnb, Wallapop, Cronnection). Después el espacio de trabajo compartido, más conocido como co-working (Spaces, WeWork, Attico). Ahora es el turno del co-living, un concepto a medio camino entre el co-working, la residencia de estudiantes y el piso compartido. Aunque pensado inicialmente para los llamados nómadas digitales, este fenómeno al que el sector inmobiliario deberá dar respuesta, se va extendiendo a un público juvenil más amplio.
Alexia tiene 28 años, es diseñadora y trabaja desarrollando aplicaciones web para diferentes empresas ubicadas en el extranjero. Llego hace poco de Berlín y es consciente de que en Barcelona puede que esté solo de paso. Tal vez por este motivo, ha optado por instalarse en uno de los pocos centros de co-living que existen en la ciudad. Esta alternativa, le permite compartir algo más que un espacio donde vivir y trabajar. Desde el primer día ha podido relacionarse con gente con la que tiene intereses en común, participar en actividades de ocio o empezar a compartir contactos y experiencias profesionales. En definitiva, acaba de llegar y ya empieza a forma parte de una comunidad. Alexia es lo que se conoce como una nómada digital. Un término que define un estilo de vida impulsado por una nueva generación de profesionales del sector tecnológico que optan por no tener un lugar de residencia fijo.
De hecho, la idea de co-living nació en EEUU para facilitar el aterrizaje de profesionales jóvenes que llegaban a Sillicon Valley para trabajar en las grandes empresas tecnológicas y start-ups. Sin duda era una manera cómoda, práctica y rápida de facilitar un lugar donde vivir vinculado al trabajo y a la vez, compartir espacios y experiencias con otras personas afines. Los pequeños apartamentos, equipados con baño y, por lo general, una minúscula cocina ofrecen privacidad, mientras que en las zonas comunes -área de trabajo, comedor, sala de estar, biblioteca, sala de yoga o lavandería- los residentes interactúan y participan en actividades abiertas a la comunidad.
¿Más allá de una filosofía de vida?
Poco a poco el fenómeno del co-living ha ido madurando y desligándose del concepto de co-working. Ya no es un espacio donde continuar compartiendo actividades y experiencias una vez acabada la jornada laboral. De hecho algunos centros de co-living como WeLive (propiedad del gigante del coworking WeWork) ya no cuentan con áreas de trabajo propiamente dichas en sus espacios de residencia de Nueva York y Arlington.
De momento, éste no es el caso de España, donde los primeros proyectos de co-living que se han ido consolidando son fieles a la filosofía original. La mayor parte de estos centros se encuentran lejos del bullicio de las grandes ciudades, rodeados de naturaleza en localidades de la costa o del interior como Tenerife, Palma de Mallorca, Ourense o el Montseny. Los residentes comparten sinergias profesionales pero también intereses y aficiones que van más allá del trabajo y que abarcan desde el teatro y la música hasta el yoga o el surf. Hub Fuerteventura, Sun and co en Jávea, Bedndesk en la Playa de Mallorca o Sende en Galicia son algunos de los primeros centros que entraron en funcionamiento.
Ahora, el modelo de co-living está llegando tímidamente a ciudades como Madrid o Barcelona. La cadena Roam se instalará en un exclusivo espacio ubicado en un antiguo palacete en el centro de Madrid, mientras que A landing pad ha hecho lo propio en el popular barrio del Poble Sec de Barcelona. Ambos ofrecen habitaciones con baño privado y combinan las áreas de trabajo con zonas de descanso y de ocio y una amplia cocina comunitaria para los residentes. Las tarifas van de los 800€ mensuales por una habitación básica a los 1.600€ por un mini apartmento.
Una nueva generación de de co-livings
Empresas que llevan años de experiencia en el sector residencial se han empezado a fijar en esta tendencia. Es el caso de, The Student Hotel (TSH) la cadena holandesa de hoteles para estudiantes ha empezado a virar hacia un concepto de alojamiento híbrido. Aunque TSH nació para dar respuesta a las necesidades de alojamiento de estudiantes, en poco tiempo ha evolucionada hacía un público juvenil más amplio. La cadena, que tiene previsto contar con 41 establecimientos en distintas ciudades europeas para 2021, ya ofrece alojamiento para viajeros y expats y ha empezado a integrar el concepto de coworking en alguna de sus ubicaciones. En Barcelona cuenta con dos residencias de estudiantes en Poblenou y Poblesec, que se desdoblan como hotel. El próximo año abrirá en Madrid. Su plan de expansión en Europa se centra en la adquisición de edificios a rehabilitar o solares vacíos en zonas urbanas que estén en proceso de regeneración.
Precisamente, el concepto de residencia ya no únicamente para estudiantes, si no también para jóvenes profesionales en proceso de emancipación abre una ventana de oportunidad para el sector inmobiliario y para la revitalización de determinadas áreas urbanas, más alejadas del centro histórico. La construcción de edificios de mini apartamentos y habitaciones con baño y zonas comunes compartidas donde sus residentes puedan socializar, cocinar o trabajar se perfila como una buena apuesta de futuro para los promotores inmobiliarios y una alternativa para aquellos jóvenes que quieran vivir en grandes ciudades y tengan dificultades para acceder a su primera vivienda.








