El gobierno luso ha apostado por políticas encaminadas a captar inversión a través de exenciones fiscales
Portugal atraviesa un buen momento. Las cifras económicas lo corroboran y dibujan un panorama positivo -paro por debajo del 7%, déficit fiscal rozando el 0% y previsión de crecimiento de cerca de un 2%-. En una década Portugal ha pasado de ser uno de los países europeos más afectados por la crisis -en 2011 tuvo que pedir un rescate de 78.000 millones de euros para evitar la bancarrota- a convertirse en paradigma del éxito económico.
En líneas generales, la llegada al poder en 2015 del socialista Antonio Costa arropado por otros partidos de izquierda, supuso un antes y un después en la manera como Portugal planteaba su futuro económico. Costa decidía abandonar el programa de austeridad impuesto por la troika -Comisión Europea, BCE y FMI- para poder acceder al rescate financiero. En su lugar, puso en marcha políticas encaminadas a dinamizar la actividad económica, estimular la producción, impulsar las exportaciones, atraer inversión extranjera y devolver la confianza a los portugueses. Además de la recuperación de la actividad empresarial tradicional gracias a subvenciones y créditos destinados a programas de innovación, lo que algunos han calificado como milagro económico no sería hoy una realidad sin el tirón que han supuesto el turismo y la inversión inmobiliaria extranjera.
Buenos datos económicos, con el turismo y la inversión inmobiliaria al alza
Tras casi tres años, las exportaciones se han disparado gracias en parte a la contención salarial y a la recuperación económica de socios comerciales como España o Francia, el déficit público se ha situado en el 0,5% (en 2010 alcanzó el 11%), y el paro se ha reducido un 10% desde 2013 y hoy se sitúa por debajo del 7%. La bonanza económica, aunque no ha permitido reducir significativamente la deuda pública de Portugal, uno de los principales retos que afronta el país, sí que ha permitido aumentar las pensiones y contener los impuestos para incentivar así el consumo interno.
Paralelamente a la recuperación de los grandes indicadores macroeconómicos, hoteles, bares, restaurantes y comercios han ido abriendo en los barrios del centro de Lisboa y Oporto, alentados por la llegada de turistas, la inversión extranjera y el creciente optimismo de la población hacia el futuro económico del país. En efecto, la creciente demanda por parte del sector turístico -Portugal ha visto como el número de visitantes crecía año tras año hasta rozar los 25 millones de turistas anuales- ha impulsado la reconversión de los centros urbanos en ciudades como Oporto o Lisboa y la construcción de infraestructuras turísticas en zonas de la costa y el interior.
El interés de los grandes fondos y family offices por el mercado inmobiliario luso se ha visto reforzado además por las exenciones fiscales a las empresas extranjeras aprobadas por el gobierno de Costa. Paralelamente, el ejecutivo luso ha puesto en marcha otras medidas como la llamada VISA Oro que, al igual que otros países como España, otorga permisos de residencia a ciudadanos de fuera de la UE que compren inmuebles por valor de al menos 500.000€ o inviertan un mínimo de 1 millón de euros en empresas del país y start ups o que creen un mínimo de 10 nuevos puestos de trabajo.
Los incentivos fiscales y las facilidades para instalarse en Portugal están dando frutos al atraer a inversores, fondos patrimonialistas y grandes multinacionales como Google, Embraer o Siemens. Por tanto, es de esperar que, además de continuar desarrollando el sector turístico, el capital extranjero destinado a inmobiliario apueste por los segmentos de oficinas y residencial en las ciudades más importantes del país como Lisboa, Oporto, Aveiro o Evora.
Para facilitar la entrada de inversores extranjeros al mercado portugués, la consultora inmobiliaria Busquets Gálvez cuenta con una oficina en Oporto especializada en inversión. Desde 2007, la consultora ha cerrado varias operaciones en la ciudad lusa y, por tanto, ha sido testimonio de la evolución económica de Portugal.
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