La palabra teletrabajo está siendo una de las más escuchadas durante la crisis sanitaria de la COVID-19. Lo que antes de la pandemia se presentaba como un beneficio para los trabajadores, ahora se ha convertido en una obligación. Pero ¿están las empresas dispuestas a invertir en recursos para que cada empleado disponga en casa de un espacio de trabajo cómodo y adecuado que proteja su salud y facilite la productividad?
Con la declaración del estado de alarma por parte del gobierno español para frenar el avance de la COVID-19, millones de trabajadores fueron enviados a casa de un día para otro. Ante la posibilidad de que el confinamiento se alargara en el tiempo, aquellas empresas cuya actividad no se vio demasiado afectada por la pandemia abrazaron el teletrabajo.
Las plataformas de videoconferencia incrementaron sus usuarios de forma espectacular -Zoom aumentó la cifra de clientes con más de 10 usuarios en un 354 % respecto al año anterior-. En tiempo record, las empresas facilitaron equipos informáticos portátiles, pantallas o auriculares con micrófonos a sus trabajadores. Pero sólo unas pocas compañías se preocuparon de entregar sillas y mesas ergonómicas para garantizar la salud de sus trabajadores.
Ninguna pudo asegurar que sus empleados disponían de un espacio adecuado en sus domicilios para trabajar. Teniendo en cuenta que buena parte de la población comparte piso con familia o amigos y que, en las grandes ciudades como Barcelona y Madrid, las viviendas tienen una superficie media de 70m², es fácil imaginar las condiciones poco idóneas en las que se ha desarrollado el teletrabajo.
«La comodidad y flexibilidad que se asocia al teletrabajo permite además mejorar la productividad»
Entonces ¿qué lecciones nos deja esta experiencia intensiva de teletrabajo? Los expertos apuntan al hecho de que en pocos meses hemos avanzado en el proceso de digitalización que, de no haberse declarado esta situación excepcional, se habría alargado varios años. Y ello nos ha permitido descubrir de manera acelerada las ventajas e inconvenientes que conlleva trabajar lejos de la oficina.
La comodidad y flexibilidad que se asocia al teletrabajo permite además mejorar la productividad -en teoría se producen menos interrupciones- y conciliar mejor la vida laboral y personal. Pero, con el trabajo en remoto también aumenta la sensación de aislamiento y dificulta la creación de vínculos personales que suelen dar pie a una colaboración más estrecha entre equipos de trabajo y fomentan la innovación y la creatividad. Mención aparte merecen los problemas de conexión que han experimentado muchos usuarios a la hora de llevar a cabo teleconferencias o la imposibilidad de desconectar del trabajo cuando se trabaja desde casa. En este sentido, el gobierno español ya trabaja en un proyecto de ley para regular el teletrabajo.
Resulta complicado garantizar que los empleados disponen de un espacio de trabajo apropiado en sus hogares.
Por tanto, todo apunta a que el modelo de organización laboral que empieza a cobrar forma tras el confinamiento será un híbrido entre el trabajo presencial y el remoto. Dependiendo del sector, las preferencias de cada empresa y la realidad de sus trabajadores, se promoverá más o menos el trabajo flexible. Pero lo que está claro es que se impone la necesidad de reunir en una misma oficina equipos de trabajo de forma regular, precisamente para posibilitar la interacción personal, el intercambio de ideas y la creación de sinergias. Por tanto, los espacios de oficinas deberán contar más que nunca con áreas que faciliten el contacto social, las reuniones informales e incluso los momentos de ocio.
Parece que la manera de trabajar se está transformando. Integraremos el teletrabajo, pero sólo parcialmente. La oficina continuará cumpliendo su función como espacio corporativo y lugar de trabajo compartido. Pero con una perspectiva diferente.








