A pesar de la moratoria en la concesión de licencias para todo tipo de alojamientos turísticos aprobada por el Ayuntamiento de Barcelona en julio de 2015, el interés de los inversores por la compra de edificios en la ciudad no ha decrecido. Sencillamente se ha adaptado a la nueva realidad. Para ello ha cambiado su planteamiento y orientación en busca de oportunidades en otros segmentos del mercado inmobiliario, como el residencial. Y todo ello en un tiempo récord.
Cronología de un cambio
Con el anuncio de la moratoria hotelera en verano del 2015, el sector inmobiliario contenía el aliento ante la posibilidad de que el capital nacional y extranjero optara por marcharse a otras ciudades europeas más receptivas con el sector turístico. Precisamente, un sector de actividad económica que ayudó al inmobiliario a capear los primeros años de crisis. El tirón de Barcelona como destino turístico global era indiscutible. Las cifras hablaban por si solas: en un periodo de 10 años -del 2000 al 2010- la ciudad pasó de recibir 3M de visitantes a superar los 7M anuales. O lo que es lo mismo de 3,7M de pernoctaciones al año se pasó a cerca de 16M durante el mismo periodo. Ante esta realidad, fondos de inversión y family offices venían apostando desde hacía años por la compra de edificios susceptibles de ser reconvertidos en establecimientos hoteleros y explotados por cadenas nacionales e internacionales.
Pero la moratoria turística decretada por el gobierno municipal de Ada Colau puso coto a esta estrategia. De la noche a la mañana se paralizaron hasta 35 proyectos que afectaban a 5.000 plazas hoteleras y a su vez, se desincentivaban las operaciones inmobiliarias destinadas a incrementar la oferta de alojamiento de la ciudad. Entre algunos de los proyectos que quedaban en standby figuran algunos muy emblemáticos, como la reconversión de la Torre Agbar en un hotel de lujo de la cadena Hyatt o de la Torre Deutsche Bank en la confluencia de Passeig de Gràcia y la Diagonal. En este último caso, el fondo de inversión KKH Capital Group tardó menos de dos meses en anunciar que renunciaba a construir un hotel de lujo y que, en su lugar, el edificio albergaría pisos de alto standing, tienda y oficinas. Fue la primera pista que marcaría un cambio de tendencia.
El tirón de la marca Barcelona
Si bien los primeros momentos tras el anuncio fueron de estupefacción y nervios, el sector no tardó en reaccionar. La apuesta por Barcelona por parte de fondos de inversión iba más allá de su potencial turístico. A nivel global, la capital catalana está considerada como uno de los mejores lugares para vivir y trabajar gracias a su carácter dinámico y cosmopolita, su excelente oferta cultural y gastronómica y su clima privilegiado.
De hecho en los dos últimos años, en términos de inversión inmobiliaria en Barcelona se han registrado cifras récord. “Está claro que este tipo de demanda de edificios para destinarlos a usos hoteleros ha desaparecido o, dicho de otra manera, se ha reconvertido. Los inversores continúan confiando en el potencial de Barcelona, tienen liquidez y no quieren esperar. Buscan alternativas. Y el segmento residencial de lujo se está demostrando que es una muy buena opción” señala Mónica Mir, directora del Departamento de inversión de Busquets Gálvez.
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